El grito de guerra del creyente
Lunes, 24 de Noviembre de 2014 08:58

Leer | Efesios 6.10-14

24 de noviembre de 2014

Cuanto más grande es nuestra influencia para el reino de Dios, más se esfuerza Satanás para despertar frustración, dudas y ansiedad. El apóstol Pablo escribió una carta a los creyentes de Éfeso para advertirles en cuanto a ese asunto.

Satanás detesta a quienes agradan al Señor con su estilo de vida, y reúne las “fuerzas espirituales de maldad” para atacar la mente, el cuerpo y el espíritu del creyente (Ef 6.12). Su principal objetivo es desviar nuestra atención del Señor para que nuestra relación con Él sufra y nuestro testimonio se debilite o se arruine. El diablo no puede arrebatar nuestro espíritu de la mano de Dios (Jn 10.29), pero se conforma con hacer de nuestra vida un caos.

Pablo aconsejó a los creyentes: “Fortaleceos en el Señor, y en el poder de su fuerza” (Ef 6.10). No podemos defendernos de un ataque de Satanás confiando en nuestras propias fuerzas. El adversario es más fuerte y más inteligente que aun los hombres y las mujeres más inteligentes. Pero Dios nos da poder continuamente por medio del Espíritu Santo, quien es mucho más grande que Satanás y sus engañosos planes (1 Jn 4.4).

Los creyentes tenemos el poder de Dios y su orden de mantenernos firmes. Eso significa que debemos confiar en el Señor y esperar con paciencia a que Él intervenga. Tenemos que ser como un soldado en el campo de batalla, que afirma sus pies en el terreno, se pone su escudo y está listo para enfrentar al enemigo que se acerca. La guerra ya ha sido ganada —nuestra alma le pertenece a Dios— pero la batalla por nuestro testimonio en este mundo sigue con furia. ¡Cobre aliento, y no emprenda la retirada!

 
El llamado misionero
Viernes, 21 de Noviembre de 2014 10:05

Leer | Romanos 10.1-5

21 de noviembre de 2014

¿Por qué hay personas dispuestas a aprender un idioma nuevo y una cultura distinta para anunciar el evangelio de Jesucristo? Por la misma razón que todos debemos estar dispuestos a abandonar nuestra cómoda rutina: Para contar la historia del evangelio a un vecino o un familiar —es decir, para responder al llamado de Dios. Sea que tengamos o no el título de misioneros, no podemos cumplir la voluntad del Señor a menos que estemos involucrados en el trabajo misionero.

Este llamado universal se basa en cuatro verdades:

1. La condición espiritual del hombre. La humanidad está perdida irremediablemente sin Cristo. Aunque muchas personas intentan ganar la salvación mediante buenas obras, inevitablemente fracasarán.

2. El regalo de Dios. Por saber que el hombre no podía salvarse a sí mismo, el Padre celestial dio a su Hijo para que pagara nuestro castigo por el pecado. Toda persona que invoque el nombre del Señor será salva.

3. La comisión de Jesús. Todos los que pertenecen al Señor tienen la responsabilidad de ir y hacer discípulos a todas las naciones por medio del poder del Espíritu Santo (Hch 1.8; Mt 28.19).

4. La proclamación del Señor Jesús. El Señor fue claro al respecto: “Y será predicado este evangelio del reino en todo el mundo, para testimonio a todas las naciones, y entonces vendrá el fin” (Mt 24.14).

El trabajo misionero no es opcional para los creyentes. En Romanos 10.14, Pablo pregunta: “¿Cómo creerán en aquel de quien no han oído?” No creerán, a menos que usted se los diga.

 
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